Ha sido una experiencia estupenda. Mi mujer y yo propusimos al profe de la clase de mi hijo de 6 años el poder ir a realizar un taller de inteligencia emocional con los niños. Le pareció muy buena idea. Así que la semana pasada allí nos plantamos. Todo un reto, por cierto, pues nunca habíamos trabajado con esos locos bajitos, como dice Serrat, y encima eran dos clases juntas, ¡más de 40!. Estábamos un poco nerviosos. Lo preparamos la tarde antes, aunque ya lo íbamos rumiando desde hacía semanas.
Al final, decidimos trabajar un poquito el reconocimiento de las propias cualidades, la proactividad, la autogestión del enfado y los anclajes a estados positivos. ¿Demasiadas cosas? Tal vez, o tal vez no...
Fue una experiencia increíble, sobre todo por la predisposición de los niños. Cuantas cosas se deberían hacer ahora que son esponjas y aprovechar que están abiertos a la magia de la vida... Porque lo que sucede entre los 1 a los 7 años es determinante en sus existencias...
Aparecimos vestidos de hada y de afro a lo Jackson Five (véase la foto) y les empezamos a mover. Primero les hicimos sentarse en sitios diferentes y presentarse a dos compañeros diciendo " hola, buenos días, soy Manuel y una cualidad o cosa que se le diera bien". Fue gracioso, y lo mejor: no tienen problemas en absoluto para declarar qué hacen bien, y además hacerlo en público (después, tristemente, ya los adultos hacemos lo necesario para que pierdan la capacidad de ponerse en valor).
Después les leímos un cuento para trabajar la responsabilidad y el hecho de que somos dueños de lo que nos sucede: Trataba de una ardilla que siempre decía que se aburría por culpa de sus amigos, o bien porque no tenia suficientes juguetes... Me parece que luego, a través de las preguntas que les hicimos (lo más interesante, por cierto), algunos fueron pillándolo...
También les preguntamos qué les enfadaba más, ante lo cual muchos coincidieron en que esto sucedía cuando les regañaban. Para gestionar mejor el enfado, les propusimos una técnica de respiración para que se les pasara antes (cojer 3 respiraciones, aguantar 6, y expulsar en 6). Todo esto adornado con la correspondiente historia donde la palabra "magia" siempre estaba presente.
Después les hicimos una relajación tumbados, para que vieran estrellas y estuvieran en calma, y por último, algo que tuvo mucho éxito: la canica mágica.
Les llevamos una canica a cada uno, con unas propiedades especiales: la canica tenía el poder de hacerles que volvieran a estar con ánimo y con sonrisas. Para ello creamos un ritual: cerraron los ojos, extendieron la mano con la canica en la palma y recordaron un momento donde se lo hubieran pasado muy bien. En ese instante, mandaban energía de risas a la canica cerrando el puño sobre ella. Y oye, lo hicieron como profesionales.
Les gustó la experiencia y a nosotros también. Las niñas al final corrieron para interesarse por las alas del hada, por la falda y la diadema de princesa... Y al día siguiente, algunos de los participantes nos comentaron desolados que habían perdido su canica mágica.... ante lo cual se las repusimos con presteza, no sin antes insistir que para volver a dotarlas de sus propiedades mágicas era indispensable el ritual.
Tengo claro más que nunca que la clave de un adulto sano y en su centro se halla en estas edades, y no tenemos excusa como padres y formadores para educarles en las cosas muy importantes de la vida: el autoconocimiento, la autogestión y la apertura a otros. ¡Ahora es el momento!
Te invito a que te involucres y promuevas este tipo de actividades en los colegios. ¿te apuntas al reto?